Si eres mujer, sin
pareja y tienes descendencia posees todas las papeletas para ser pobre
Esther Vivas
En octubre de 1929, Virginia Woolf publicaba Un cuarto
propio, ensayo en el que se preguntaba, entre muchas otras cosas; ¿por qué
son pobres las mujeres? Han pasado casi 100 años de esto, pero en ese momento
se contestaba argumentando que, en la sociedad de aquellos tiempos, nuestro
único destino posible era el matrimonio y así pasábamos de depender del padre a
depender del marido. Privadas de estudiar y de conseguir un empleo que genere
un sueldo decente para vivir, nuestra única opción era dedicarnos al cuidado de
la casa y de los hijos. Pero ahora, tras años de luchas feministas que nos han
permitido acceder a territorios antes negados, ¿cómo podemos contestar esa
pregunta? Y siendo aún más específica, ¿cómo podemos contestar esa pregunta las
trabajadoras de las artes? Si nuestra labor es crear, ¿cómo lograrlo cuando
nuestra condición nos lleva a pensar únicamente en sobrevivir?
A propósito de esto, Lina Meruane, escritora y
periodista, dice en su libro Contra los hijos (2018): escribir y criar
es una verdadera hazaña para una persona que además necesita un sueldo, y es
cierto; si en los tiempos de Virginia se perdieron muchas obras maestras del
arte y la literatura por negarles a las mujeres la oportunidad de formarse,
manifestarse y salir del ámbito doméstico, y una minoría afortunada como ella, lo
logró gracias al privilegio de la holgura económica, otras tantas fueron
privadas de la gloria ocultándose tras el conocido “anónimo”. Hoy, las cosas no
han cambiado tanto y nuestra situación sigue siendo precaria por el sistema, los
vacíos legales en torno a los derechos laborales y la dificultad que tienen las
madres trabajadoras para conciliar entre las labores que demanda la maternidad
y las exigencias de los empleadores.
En mi experiencia, supongo, similar a la de muchas otras
chicas de clase media baja, criadas en el seno de una familia machista que
prioriza la educación de los hermanos porque quizá más tarde ellos sean el
sostén de una familia, el panorama no es lo suficientemente alentador. Ya había
escuchado antes eso de que el pobre tiene que esforzarse el doble si quiere
destacar, pues en una situación parecida estamos las mujeres que no encontramos
en casa el apoyo para desarrollarnos profesionalmente ni contamos con los
recursos para agenciárnoslos. En ese
camino, la precariedad crece y las diferencias se marcan.
Si no sabes idiomas, si escogiste una carrera que no es
rentable, si no tuviste la oportunidad de relacionarte con gente importante y
“hacer contactos”, tu camino se va haciendo estrecho. Si no buscas a una pareja
bien posicionada y no caes en la patética treta del adulador, vas perdiendo las
oportunidades. Si crees que tu talento y creatividad son claves para salir
adelante, lograrás ser subcontratada y todo tu trabajo verá la luz con otro
nombre. Si sales embarazada, pueden decidir no renovarte el contrato (), y
buscar un nuevo empleo se convierte en una odisea cuyo monstruo tiene forma de
pregunta: “¿y tienes hijos?”. El comentario, tras la respuesta, siempre es obvio:
“el perfil de la persona que buscamos debe dedicarse exclusivamente a este
trabajo”, “preferiblemente no debería tener hijos porque se trabaja los fines
de semana y hasta tarde” y si finalmente te contratan, no falta el: “si no
tienes con quien dejar a tu hija, te vamos a descontar el día”, eso me lo dijo
una jefa, mujer y madre, que definitivamente era consciente de su posición de
superioridad. En ese momento, en el museo y tomando a mi hija de la mano, le
contesté: “supongo que, si esas son las condiciones, tienen que pagarme las
horas extras que hago los sábados, los domingos y cuando hay eventos fuera del
horario de trabajo, ¿verdad?”. No había nada más que decir luego de eso porque,
evidentemente, los empleadores no piensan en lo que das de más sino en lo que
les quitas a ellos (aquí, nuevamente, puede insertar la palabra “sistema”).
En este momento, valdría la pena pronunciarse sobre la
politización de los cuidados. Si bien no pretendo crear un manifiesto en contra
de la maternidad, es trascendental dejar romantizarla y tomar en consideración
todo lo que demanda ejercerla en una sociedad como la nuestra. Cuando pienso en esto, no puedo pasar por alto
una frase repetida n veces en la historia de la humanidad: “un hijo es un
regalo de Dios” pero, ¿cuándo un “regalo” generó tantas responsabilidades? Creo
que para contestar esto, caen a pelo estas palabras de Lina Meruane: “Una nueva
coartada se ha lanzado contra las mujeres para atraerlas de vuelta a sus casas.
El instrumento de este contragolpe tiene un viejo apelativo: ¡Hijos!”.
Como mencioné líneas arriba, mi idea no es hacer que las
mujeres desistan de ser madres ni tampoco renegar de los hijos e hijas, lo que
quiero es que recordemos que el cinturón que nos oprime a las que sí lo somos
fue tallado por el patriarcado y esa imagen de maternidad angelical, sumisa,
que nada exige y que se sacrifica por todos, no solo produjo que muchas mujeres
abandonaran sus sueños sino que también generó un menosprecio por el trabajo de
cuidados que, hasta hoy, se atribuye como una cualidad vinculada a nuestro
género.
Para revertir esto, no basta con tener la posibilidad de
decidir sobre nuestros cuerpos, tampoco es suficiente socializar las
experiencias reales de maternar en un país en el que las madres solas somos
precarias por partida doble, sino que también hace falta legislar acerca de la
maternidad y proporcionar las condiciones necesarias para que esta pueda ser
ejercida sin mellar en nuestra vida profesional, que nuestra jornada laboral
concilie con la crianza de los hijos e hijas sobre todo durante los primeros
años de vida, que los cuidados sean compartidos y que se construyan comunidades
de contención y apoyo entre nosotras.
Finalmente, quiero expresar que lo expuesto en el párrafo
anterior no es solo un deseo, es más bien un motivo de lucha, recordemos que el
feminismo nos hizo menos precarias pero que el sistema no nos deja salir.