
A veces con cierto temor me atrevo a imaginar mi trágica muerte. Suelo imaginarme historias patéticas que discurren frente a mis ojos con mucha calma, suelo gritar por los ojos cuando nadie me ve, trueno mis dedos cada vez que tengo miedo y no lo quiero decir, de vez en cuando cierro mi ojo derecho como un tick nervioso que sólo se ve cuando me olvido de borrarlo de los diarios y así camino los días feriados, cojeando de la pierna derecha porque sé que ese día no hay más que buscar.
Yo sé que hay cosas que ya no puedo remediar, no puedo evitar la pena que la gente carga debajo de las suelas, no puedo más que sentirme el colador de las emociones ajenas, quien lee las historias en las pistas, quien vive para morir contento por haber sabido más que los demás.
El vértigo me viene cuando camino durmiendo, cuando todo da vueltas como sintiendo el irremediable efecto de una locura tóxica que al final, es básica para engañar al alma y creer que todo se puede olvidar.
Nunca dejé que me prohíban nada, todo lo contrario…infringir las restricciones siempre fue más excitante, mis heridas pueden dar fe de que no hice caso a las recomendaciones que me dieron, pero muchas de esas heridas - parcialmente cicatrizadas - se convirtieron después en documentos completamente provechosos para saber vivir.
Por eso, ser un buscador resultó.