
Hace meses respiro tranquilidad y calma. Hace casi tres. Era verano y decidí estar sola para ver si mi condición mejoraba, y mejoró. Sin embargo, hasta hoy me pregunto si fue la mejor decisión aislarme para lograrlo... Es fácil pensar que de repente te vuelves más paciente y tolerante cuando, simplemente, dejas de tener tratos muy cercanos con otras personas.
Ya casi no reniego y eso me sorprende. Me sorprende estar tranquila y haber dejado el café. Me preocupa dormir como una persona normal, me preocupa además no tener trabajo fijo aún pero ya no me altera como antes.
Enero y febrero fueron buenos meses, volví a ver a mis amigos, a departir en las cantinas y a caerme de la risa. Volví a actuar y a recitar, empecé a dibujar, volví a tocar violín y a bailar desaforadamente, como siempre.
En marzo ordené mi cuarto, limpié mi escritorio - que tenía más de un año de comprado y jamás le había sacado nada - y todo cambió. He tenido a mi agenda reventando en marzo, con salidas, talleres y cachuelos. El apurado ritmo de vida se acabó el último fin de semana. El lunes me enfermé y así llegó abril.
Otra vez Abril. Abril es uno de los nombres más bellos que puede existir, incluso para el tiempo que a veces es cruel. Es abril y es otoño también. Abril tiene un viento con el que me gusta jugar, hojas de color cansino que me gusta pisar y escuchar, tiene los días soleados más cortos y las noches llenas de pecas brillantes, tiene también recuerdos lindos con olor a pan caliente.
Aún no pienso cómo será este nuevo Abril y este nuevo otoño en el que estaré más cerca de los 30 que de los 20. Por lo pronto ha empezado bien, con Family y Sylvain Piron, poemas, fotos y videos, leche de soya y una inquietante dosis de tranquilidad.