Tuesday, March 24, 2015

Adolecer de ausencia

Uno nunca olvida las ausencias. Para mí, el espacio vacío que alguien deja no se llena con nada,  ni siquiera cuando se rompe una taza encontrarás otra que la reemplace.

Mi primera ausencia fue la más común, también la más parecida al grito de un ahogado de charco, pero como el momento dramático se sufre con pasión escribí "Duéleme" y se la dediqué a mi primer enamorado en el 2006.  

De eso ya pasaron muchos años, en los que he experimentado un millón de sentimientos diferentes menos este que ahora me embarga: la ausencia. Y a pesar de no haber reflexionado sobre ella en su momento, la pena se me fue manifestando con los días.

Todo llegó con el verano. Despedirme de Gaby, verme obligada a dejar el trabajo, ser testigo de la dispersión de mis compañeros y compañeras de oficina, ver que todo termina y con todo eso, encontrar una hermosa y fugaz compañía que se diluyó tan pronto como llegó.

Después del acoso detrás de la realidad virtual, llegó la calma y también la ausencia, esa que al inicio confundí con desamor y fue una pena mustia que engañé cada tarde buscando cariño en la dulzura casera de un pie de manzana, pero el hoyo fue creciendo mientras pensaba en todo lo que me faltaba: la compañía, el amor, el tiempo y aquella triste corazonada previa al final; la muerte.

Mi MAMÁ con mayúsculas, Mamá Naty, Natividad Flores: la mamá de mi papá, de mis tíos, de sus nietos, bisnietos y de todos los que necesitaran el cariño que solo se puede encontrar en un hogar como el que ella cocinaba cada tarde.

Hace un mes la visité y supe que pronto se iría. Desde aquel domingo no dejé de pensar en su partida y comencé a distribuir mi pena, a estirarla día a día para que el final no me duela tanto, pero fue inútil.

Este sábado que pasó, en la noche, llovió como nunca en Lima y recordé un cuento que le escribí a mi ati hace un par de años; en él hablaba de una anécdota que vivimos juntas: Ella siempre viajó por el Perú y traía fotos, una vez vi las nubes de la sierra y le pedí que me traiga una cuando viajara en avión, quiso engañarme trayendo diferentes cosas parecidas a una nube pero no lo logró, hasta que decidió llevarme en avión y ahí explicarme que nunca pudo abrir la ventana para atrapar mi tan esperado regalo, pero que desde mi asiento al lado de la ventana podía ver las nubes desde arriba. En nuestro cuento, el final fue diferente, en él el regalo fue una inusual lluvia que cayó sobre Lima y duró toda la noche. Eso ocurrió el sábado y la madrugada del domingo, así y sin pensar en un presagio, se despidió una de las personas que más amo en este mundo.

Adolecer de ausencia - de muchas ausencias - y de muchas cosas más, siempre me ha llevado a crear una representación visual y tangible del sentir. Ahora me toca hacerlo por ti, Ati, por eso el siguiente destino será visitar la tierra que siempre quisiste compartir conmigo.





                                                      

1 comment:

Robinson Flores said...

La ausencia de esa persona personal siempre duele. En diciembre pasado fallecio mi abuelito y dejame decirte que ha impactado mucho en nuestra familia que hasta hoy cuesta superar y creer. Lo recordare por sus consejos filosoficos y culturales :'(