Thursday, March 12, 2015

Lima, no te vayas...

Desde hace más de 10 años voy al centro. Me enamoré de él, del caos que le da vida, de sus personajes, sus esquinas, sus solares, sus fiestas y bares.

Mi primera incursión fue por Quilca, la conocí de la mano de uno de esos enamorados que te duran semanas, esos que además de olerte el cabello y acariciarte la cara, te escriben poemas y no te dicen que te aman, pero a los demás sí.

Él me llevó a media noche hasta la Plaza San Martín. Yo, con la boca llena de uvas maceradas, caminaba despacio atendiendo cada movimiento de la calle. Músicos y políticos en la vereda, emolienteros, panfletistas, poetas, todos conversando, todos conspirando algo, todos viviendo intensamente.

Cruzamos el pasaje, entramos a la vieja Noche y todo se apagó sobre la mesa. En nuestro tour de bares cada cerveza costaba media hora de mis sueños: llegábamos, nos sentabamos y mientras yo dormía sobre mis brazos apoyados en la mesa él tomaba una cerveza fingiendo conversarme.
[Y por supuesto, a la mañana siguiente le dije a todos que ya conocía los bares del centro]

Volví con otro amigo, el único ser humano que hubiera dado su vida para que Platero no muera. Él y yo nos fuimos juntos a conocer Amazonas, yo iba ilusionada pensando encontrar un libro que llevaba tiempo buscando "Pasiones" de Rosa Montero. Y lo encontré en un puesto - hermoseado con pinturas y bossa nova - a un precio ideal para mi presupuesto: S/. 10.

Luego seguí yendo, sola o acompañada, a leer en recitales, a beber frente a la Plaza San Martín, a comer empanadas chilenas en un hermoso balcón frente al pasaje Santa Rosa, a contemplar las calles, a dejarme envolver por la música que emanaban los solares, a intervenir las calles, a correr en las plazas, a bailar colgada de los postes.

Ahora toda aquella vida se extingue, cierran los museos, galerías, bibliotecas, bares, el boulevard de Quilca, borran los murales, todo muere, todo acaba, menos nosotrxs, lxs que aún podemos mantener el pulso y la pasión.

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